Por Mar Vilaplana López — Embellecid

Hay preguntas que se heredan antes de las respuestas.

Durante años crecí escuchando un silencio con forma de pregunta: ¿por qué tenemos tanta pena arraigada dentro de nosotras? Nadie en mi familia sabía responder del todo —o sabían, pero no tenían las palabras, o el permiso, para decirlo en voz alta.

La pregunta tenía nombre, aunque tardé años en encontrarlo: José Pazos Varela. Mi bisabuelo. El fundador de Tienda Pazos. El hombre cuya muerte abrupta dejó una grieta que atravesó generaciones de mujeres en mi familia, sin que nadie supiera bien cómo nombrarla.

⚠️ Aviso de contenido sensible: el siguiente fragmento menciona el suicidio de forma directa. Si te afecta este tema o estás pasando por un momento difícil, en Chile puedes llamar a la Línea *4141 “No estás solo, no estás sola” (gratuita, las 24 horas) o a Salud Responde al 600 360 7777, opción 2.


José se suicidó. Escribo esto sin eufemismos porque el silencio no protegió a nadie —solo aplazó la pena. Durante décadas, esa muerte se convirtió en una herida sin lenguaje: ¿cómo se duela a un padre que se quita la vida? ¿Cómo hablamos de salud mental en una familia que no tenía ni las palabras ni el espacio para hacerlo?

Investigar a Tienda Pazos no fue, para mí, un ejercicio de nostalgia de marca. Fue ir a buscar los vestigios de esa pena —en objetos, en telas, en relatos recogidos de mis ancestras— para por fin entender de dónde viene lo que cargamos.

José y Hildegard: las dos raíces

En la historia que se cuenta hacia afuera, Tienda Pazos tiene un solo nombre fundador: José Pazos Varela. Pero las constelaciones familiares no funcionan así —nunca son una sola persona sosteniendo todo. Son sistemas. Y en el sistema que sostuvo a Tienda Pazos después de la muerte de José, hay otro nombre que merece estar al mismo nivel: Hildegard Mann Burkhardt.

Cuando José murió, fue su hija —mi abuela, María Elena Pazos Mann— quien tomó la responsabilidad de seguir al frente de la tienda. Hildegard sostuvo puertas adentro, criando y cuidando a sus nietas —Alejandra, Marcela y Carola— mientras la siguiente generación aprendía a cargar el negocio y el duelo al mismo tiempo. Pero su aporte no se quedó solo en lo doméstico: Hildegard era tejedora profesional, y durante años trabajó también como costurera dentro de la propia tienda.

Tengo memoria de sus manos antes que de sus palabras. Le pedíamos —sus nietos— que nos tomara las medidas, y semanas después llegaban chalecos, calcetines, guantes. Prendas que algunos todavía conservamos. Su foco nunca fue el adorno: era la calidad, la durabilidad, la funcionalidad. Simpleza tejida en lana. Una prenda que dura porque está hecha para durar, no para impresionar.

Honrar a José sin honrar a Hildegard sería contar solo la mitad de la historia: la mitad visible, la mitad con apellido en la fachada. Yo quiero contar las dos. El fundador y la tejedora. El nombre en la puerta y las manos que tejían, puntada por puntada, lo que nos sigue abrigando hoy.

Los vestigios

Hoy estoy escribiendo esto desde mi taller, rodeada de lo que queda. Muestrarios de tela que alguna vez se ofrecieron en el mostrador de Tienda Pazos. Vitrinas antiguas de madera, las mismas que enmarcaron generaciones de vitrinas antes que las mías. Cortinas hechas en la tienda misma, con las manos de quienes trabajaban ahí.

Hay fotos. Hay videos. Y hay algo más grande: registros en cinta de cámara de cine de los años 60, que hoy están siendo restaurados por el Museo de Archivo Antropológico de Valdivia, como una donación de la familia López Pazos a la memoria colectiva de la ciudad. Lo que durante décadas fue un archivo privado —guardado en una bodega, visto solo por quienes llevamos el apellido— se convierte ahora en patrimonio compartido. La historia deja de ser solo nuestra para ser, también, de Valdivia.

Y están las prendas de Hildegard. Sus chalecos de lana, todavía con forma de cuerpo aunque el cuerpo ya no esté. Sus poleras tejidas sin mangas, pensadas para el verano —prueba de que su oficio no era solo abrigo: era también lectura del clima, del cuerpo, de la temporada. Tejer no para la foto, sino para la vida real de quien la usaría.

Cada uno de estos objetos es un vestigio en el sentido más literal: lo que queda en pie después del derrumbe. Investigar a Tienda Pazos no ha sido leer sobre el pasado —ha sido tocarlo. Pasar las manos por la misma madera, la misma lana, la misma tela que pasaron las manos de quienes vinieron antes.

Treinta años escuchando

No llegué a esta historia de un día para otro. Llevo treinta años escuchando, incluso antes de saber que estaba escuchando.

Hildegard está muy presente en mi memoria, aunque la conocí siendo muy pequeña. Se me ha aparecido en sueños —igual que María Elena—, como si la memoria familiar no se conformara con vivir solo en fotografías y cintas de cine, y necesitara también visitarme dormida, insistir, recordarme que hay hilos que todavía no he terminado de tejer.

Treinta años no es una cifra de marketing ni un dato de currículum. Es el tiempo que toma escuchar lo suficiente como para empezar a entender lo que una familia no supo —o no pudo— decir en voz alta durante generaciones. Es el tiempo que toma para que una pregunta como «¿por qué tenemos tanta pena arraigada dentro de nosotras?» deje de ser solo una herida y se convierta también en una guía.

No investigo a Tienda Pazos como quien investiga un tema ajeno. Investigo porque las que vinieron antes que yo —especialmente Hildegard y María Elena— siguen apareciendo, en sueños y en lana, pidiéndome que termine de escuchar.

De vestigio a propuesta

Toda esta investigación podría haberse quedado en el archivo. En la bodega, en la cinta restaurada, en los chalecos guardados. Pero los vestigios no me interesan como reliquia —me interesan como material de trabajo.

Cuando diseño hoy en Embellecid, no estoy copiando lo que hacía Tienda Pazos. Estoy tejiendo desde ahí. De José heredo el gesto fundador, la valentía de abrir un espacio propio aunque cargara un peso que no supo nombrar. De Hildegard heredo algo todavía más directo: su foco en la calidad, la durabilidad, la funcionalidad. Simpleza tejida en lana —su frase, su filosofía, que hoy también es la mía.

Cada pieza numerada de Embellecid, cada diagnóstico anatómico que hago antes de cortar una tela, es una continuación de lo que ella ya sabía: que una prenda bien hecha no es la que más brilla, es la que acompaña a quien la usa durante años, como sus guantes y sus chalecos siguen acompañando a quienes los recibimos.

Esto es lo que quiero decir cuando digo que no es nostalgia, es continuidad: no vuelvo al pasado para quedarme ahí. Vuelvo para sacar lo que todavía sirve, lo que todavía abriga, y seguir tejiendo hacia adelante. La diferencia entre repetir una historia y honrarla es que honrarla te deja libre para escribir tu propio capítulo.

Sigamos tejiendo

Hoy, desde mi taller, entiendo algo que antes solo sentía: la pena arraigada que cargábamos no era un defecto de familia. Era una historia sin terminar de contar.

Pero esta investigación no es solo mía. Embellecid nunca fue solo un proyecto de ropa —es un proyecto de vida. Uno que se ocupa de la calidad con la que vivimos, no solo de cómo nos vestimos. Quiero tejer ecosistemas inspiradores, nutritivos, comunitariamente despiertos —ese estilo de vida que muchos creen perdido, pero que sigue ahí, esperando manos que quieran seguir tejéndolo.

Por eso te invito, si llegaste hasta acá leyendo: tráeme tus ideas más locas. Las que no sabes bien dónde poner. Conmigo puedes encontrar un conducto para materializarlas en esta vida —así como Hildegard encontró en la lana un conducto para sostener a los suyos, y yo encontré en la aguja un conducto para sostener esta historia.

No es nostalgia. Es continuidad. Y la continuidad se teje de forma colectiva.

— Mar